Hijos de la peste

“…el virus es más ‘sociopolítico’, la crítica de la falta de bienes públicos y su efecto en los medios de vida. En mayo más personas le tenían miedo al hambre que al virus”.

Participé junto a la historiadora Carmen McEvoy en la presentación del libro Hijos de la peste, una historia de las epidemias en el Perú (Penguin Random House) del literato sanmarquino Marcel Velásquez, una selección de textos sobre cuatro epidemias en el Perú republicano, la fiebre amarilla (1868-1869), la peste bubónica (1903), la gripe española (1918-1920) y el cólera (1991).

El libro está a medio camino entre el ensayo literario e histórico, aunque es al mismo tiempo un documentado manifiesto contra la exclusión a propósito de los males de la salud y el uso (y abuso) del miedo, un abordaje de las enfermedades de contagio masivo desde lo intersubjetivo, donde importa el conocimiento y especialmente la conciencia, es decir, cómo se ubica cada uno ante la peste.

En poco más de 500 páginas, el autor pone sobre la mesa un relato hereje de las pestes como historia, miedo, violencia y humor; un libro construido, es decir, edificado en el sentido de que fija categorías e imágenes relevantes.

Es grato reparar en el uso de las fuentes. Ellas fueron los diarios de la época, revistas culturales, publicaciones médicas, textos literarios, pinturas, caricaturas y avisos publicitarios. Y es que cada plaga tiene su estética.

La primera afirmación gruesa que realiza Velásquez es que una peste es más que una peste o, mejor dicho, un proceso social mediado culturalmente que trasmite mensajes, crea vínculos, promueve representaciones y prácticas, es decir una nueva realidad. En ese sentido, en la actual pandemia habría que preguntarse por el papel de la prensa, la gran mediadora del coronavirus, en más de un caso agente del miedo, en otros recipiente acrítico de datos, o comedido normalizador de graves sucesos, como cuando bautizó a los desplazados internos del COVID-19 como “caminantes”.

El autor conceptualiza la epidemia como una experiencia externa e interna atravesada por el miedo, una gran crisis agravada por la incertidumbre que termina, por ejemplo en esta etapa del país, como un movilizador social pocas veces para unir o agregar sino para discriminar y apartarse del otro por supuestas razones de salud y usar el riesgo como beneficio de unos y perjuicio de otros. La presión triunfante para el retorno del sistema de delivery sin importar mucho la salud de los jóvenes repartidores, buena parte de ellos migrantes venezolanos, como una alternativa de consumo seguro, es una expresión de ello.

Desde la epidemia del cólera en 1991 y aun desde la fiebre amarilla y las siguientes de inicios del siglo pasado, la respuesta del Estado ha cambiado poco. Se repite el patrón de la improvisación, la falta de apego a la evidencia si esta existe, y la estigmatización y prácticas racistas, incluso cuando la enfermedad es vencida. El autor consigna la orden del entonces alcalde de Lima Guillermo Billinghurst, en 1909, de quemar con todos los objetos que contiene del Lazareto de Guía que fue utilizado en la lucha contra la peste bubónica, lepra y viruela, por ser una amenaza para la salubridad y foco de infección.

Es probable que sí se registre un cambio en la narrativa social y médica que, con distinta intensidad, contesta el discurso oficial a veces para fortalecer los estereotipos o corregirlos. En las epidemias de la fiebre amarilla, la peste bubónica y la gripe española, el único código fue el higienismo, es decir, la necesidad de ser limpios para no enfermarse. En la epidemia del cólera, la higiene como necesidad fue antecedida de un relato nacional contra la pobreza y la falta de agua potable y hacinamiento. En esta pandemia, el virus es más “sociopolítico”, la crítica de la falta de bienes públicos y su efecto en los medios de vida. En mayo más personas le tenían miedo al hambre que al virus.

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