artículos publicados en el diario La República con el título de La política ya fue, entre el 29 de agosto y el 3 de
octubre de 2014, sobre la crisis política del país y la necesidad de una
reforma.
La política ya fue (I)
La República
http://www.larepublica.pe/columnistas/la-mitadmasuno/la-politica-ya-fue-i-29-08-2014
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La política ya fue (II)
La República
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La política ya fue (III)
La mitadmasuno
http://www.larepublica.pe/columnistas/la-mitadmasuno/la-politica-ya-fue-iii-12-09-2014
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La política ya fue (IV)
La República
La mitadmasuno
19 de setiembre de 2014
http://www.larepublica.pe/columnistas/la-mitadmasuno/la-politica-ya-fue-iv-19-09-2014
Los detalles de la campaña electoral en Lima, de los que son útiles para
la gobernanza local, están por escribirse. La competencia se mueve a través de
consensos muy generales, el primero de los cuales indicaría la no reelección de
Susana Villarán y el segundo el retorno al pasado. Fuera de esto, la campaña no
ha fijado ninguna idea específica que sea dominante. Quien resulte elegido
tendrá las manos libres y será dueño de un mandato general sin compromisos
precisos y podrá hacer en esta ciudad lo que más le plazca. Así, en la capital,
la política municipal también ya fue.
Los candidatos se gritan de una acera a otra, se tiran piedras, se tacha
a escondidas, firman pactos que no cumplen, pero no debaten sus ideas sobre la
ciudad. El cara a cara organizado por el JNE ha sido forzado por algunos
partidos para la semana previa a las elecciones, de modo que se tendrá solo una
ronda y no las dos o tres que se tenían previstas.
La campaña del año 2010 fue más intensa en propuestas y deslindes, tanto
cuando la polarización inicial Kouri/Lourdes como cuando se centró en la
disyuntiva Lourdes/Susana. La actual tiene más dinero, más candidatos, más
propaganda, más dádivas, y más mercenarios de la pluma y de la palabra; en
resumen, más música pero sin letra. Mirko Lauer ha llamado a este fenómeno
un bostezo electoral.
Parecería que se enfrentan dos modelos de comunicación, el de la llamada
caja negra que apela a los estímulos básicos de los votantes y los que
pretenden una decisión política racional de los electores. Solidaridad
Nacional, Diálogo Vecinal y Perú Patria Segura apuestan por lo primero
(“Regresan las obras”, “ella se atreve” y “ya viene la esperanza”,
respectivamente), mientras que los viejos partidos intentan sin éxito lo
segundo, colocar en la campaña valores que rescaten la identidad partidaria en
los electores y sus emociones sociales y políticas: Lima sin delincuencia
(Apra); Lima, una ciudad para la gente (PPC); Lima tiene otra opción (Somos
Perú); y Lima necesita un cambio (Acción Popular), a los que se suma Vamos Perú
que difunde iniciativas detalladas.
La escena que se desenvuelve ante nosotros no es muda, es ruidosa pero
con escaso movimiento y aún más exiguas ideas de gobierno. El libro de las
propuestas está en blanco, la prensa misma se preocupa (¡qué novedad!) por lo
adjetivo, y hasta la farándula ha retrocedido: los candidatos prefieren
entregar dádivas in situ en lugar de cocinar en los sets de TV o hacer el
ridículo en los programas cómicos. Los dos grandes momentos de la campaña
fueron hasta ahora la ruptura del silencio de Castañeda y el video de Heresi, y
ambos fueron gratificados con algunos puntos en las encuestas.
¿Por qué no se mueven los candidatos más allá de haber besado a niños y
abrazado a señoras en los mercados? La verdad es que no necesitan moverse, sea
porque uno de los postulantes tiene el 50% de las preferencias, porque se
presume que hay muy poco en debate o porque se da por sentado que los
aspirantes no están a la altura de las circunstancias. La razón definitoria,
sin embargo, reside en que los electores tampoco demandan de los candidatos
mayores precisiones.
La alabada estabilidad del escenario electoral limeño, a diferencia de
otras ciudades, se explicaría entonces no tanto por las certezas en la
intención de voto sino por la debilidad de las expectativas o el silencio de
los votantes. De ese modo, los críticos de los candidatos mudos parecen haberse
quedado cortos; son los ciudadanos los que demandan poco y los que más callan.
Clásicamente, el voto puede ser de adhesión y protesta; el Perú, no
obstante, está consagrando un voto nuevo, el de renuncia, una especie de nuevo
contrato fisiócrata entre vecinos y aspirantes al gobierno local sin mayores
compromisos, un “déjame trabajar” mutuo. Luego de una campaña que les cierra las
puertas a los principios de una gobernanza local, es natural que comamos solo
cemento por cuatro años, un plato que si viene solo destruye células y que si
no viene acompañado de control, las corrompe.
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La República
La mitadmasuno
26 de setiembre de 2014
http://www.larepublica.pe/columnistas/la-mitadmasuno/la-politica-ya-fue-v-26-09-2014
Las últimas décadas, las regiones fueron las más insistentes portadoras
del cambio y la renovación de las ideas y programas. Ellas alumbraron la
reforma política más importante y legitimaron la necesidad de un nuevo Perú que
integre el oficial y el “otro”. Desde la crítica y la demanda, una parte del
país en contraposición a Lima y al Perú formal construyó fecundamente un
imaginario de cambio.
Esa fertilidad ha concluido. El primer dato de la nueva política
regional y local es el estallido de los movimientos sociales que ausentes de objetivos
y agendas de mediano y largo plazo fueron desbordados y en varios casos
subordinados por el fulminante fenómeno del emprendimiento político personal.
El uso del rótulo “emergente” para calificar esta forma de política es equívoco
y abusivo en la medida que esconde sus elementos esenciales, la antipolítica y
el dinero ilegal.
El haz de movimientos sociales que articularon la política nacional/regional la
última década con sus demandas por equidad, ambiente, agua, servicios básicos,
salario y competencias regionales y locales, que tensionaron la democracia y la
desarrollaron, también ya fue y no va más. Se ha transformado en una multitud
de espacios inconexos, generalmente vacíos y fuertemente fragmentados. Se
tiene, por ejemplo, sin más explicación inicial que la ultrapersonalización de
la política, que en Tumbes se presentaron 20 listas para el gobierno regional,
19 para Tacna, 16 para Ica y Puno, y 14 para Cusco, Huánuco y Piura. El
resultado se avizora: será muy difícil que se repita lo sucedido en los
comicios del 2010, cuando 15 presidentes regionales fueron elegidos en primera
vuelta.
El segundo dato es la brecha entre el crecimiento económico de buena
parte de regiones, incluso por encima del promedio nacional, y su eficaz
ejecución presupuestaria, versus el escaso desarrollo de la agenda pública
regional y la corrupción. Esta brecha no se origina, para disgusto del
centralismo, en el fracaso de la descentralización sino en el agotamiento del
impulso del proceso iniciado el 2002 y que ahora se encuentra suspendido en el
aire. Esta brecha entre buena economía y malísima política se expresa en una
pérdida del imaginario al extremo de que la discusión regional de las últimas
semanas gira sobre las hojas de vida de los candidatos, salpicada por promesas
de puentes y carreteras.
Sin agenda regional, el nuevo imaginario es aún más populista que en los
inicios del proceso y especialmente distributivo, matizado por un
radicalismo regional más de forma que de contenido. Las propuestas extremistas
se relacionan con políticas de identidad que esconden hondos vacíos de proyecto
en tanto que los escasos programas descentralistas despiertan poco interés. El
caso de Puno es significativo; candidatos como Alberto Quintanilla (Poder
Democrático Regional) proponen un nuevo proceso de descentralización, una
iniciativa realmente audaz, en tanto que la sorpresa electoral, Walter Aduviri,
tiene como bandera más alta el cierre de la Sunat y Aduanas para favorecer
obviamente al contrabando y a la minería ilegal.
El tercer dato es la corrupción, un movimiento social vasto y sólido que
ha ganado la batalla entre la tolerancia y la censura. Es la misma corrupción
de Lima y el Perú oficial, la de los grandes salones y reprimida por el secreto
y por las buenas formas, aunque en las regiones es más intensa y plural,
desplegada a través de redes que operan en centenares de municipios y en casi
todas las regiones beneficiadas de la tradicional impunidad, la lejanía, la
falta de control y la corrupción de la prensa. La generalización del diezmo, la
coima con reminiscencia religiosa, indica que este movimiento, el más
importante de todos los que agitan a las regiones, ha pasado a una nueva etapa
y se presenta a cara descubierta, un estilo far west donde los malos ya no se
preocupan por parecer buenos. El caso del Cusco es emblemático: solo 4 de los
13 candidatos habilitados para competir por la presidencia regional no tienen
investigaciones o procesos judiciales por corrupción.
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La política ya fue (final)
La República
La mitadmasuno
03 de octubre de 2014
http://www.larepublica.pe/columnistas/la-mitadmasuno/la-politica-ya-fue-final-03-10-2014
Las elecciones de este domingo volverán a colocar en la agenda la
precariedad del sistema político, las brechas entre la capital y las regiones y
la división entre la formalidad y la emergencia política informal. No es
posible estimar la intensidad del remezón aunque algunos datos se deslizan de
los sondeos e informaciones: 1) que pocos presidentes regionales serán elegidos
en primera vuelta; 2) que la mayoría de alcaldes de provincias capitales de
departamentos no serán reelegidos; y 3) que los partidos nacionales serán
superados largamente por los movimientos regionales. Negando el pesimismo, el
Perú no se romperá, aunque podría descoserse un poco más.
De la intensidad de lo que suceda en los comicios regionales y locales
dependerá el modo y la profundidad con la que se aborde la reforma política,
una expectativa que va sumando demandas, tres de ellas significativas y a
debatir: la prohibición de la reelección de presidentes regionales y alcaldes,
la regulación limitativa del financiamiento privado y el aumento de requisitos
para la postulación a cargos de elección popular.
Aunque desde hace una década afirmamos en cada elección que hemos tocado
fondo, los actuales indicadores de la crisis de la política, específicamente de
los partidos, son más ineludibles. De cara a las elecciones del 2016 será más
difícil voltear la mirada a la crisis de los valores tradicionales partidistas,
es decir, la organización, el liderazgo, la adhesión a los programas y la
movilización.
No estamos ante el fin del agrupamiento de la política pero sí de las comunidades
políticas del modo conocido. La derrota del Apra en La Libertad y las
autoderrotas de la izquierda en el Cusco y del PPC en Lima no fulminarán a
estos partidos y corrientes pero ponen en debate los límites de la recuperación
de las estructuras partidarias en el sentido tradicional, al condicionarla a
decisiones que el sistema no ha tomado en una década y que no se sabe si las
tomará.
Nuestra crisis de legitimidad partidaria es singular; depende de
procesos corrosivos como el voto preferencial, la supresión de la democracia
interna y el auge del emprendimiento partidario ultrapersonalizado, una
dinámica en la que la formación de la representación es más nociva que el
ejercicio mismo de esa representación. No obstante, el sistema solo se espanta de
las consecuencias sin abordar las causas, un círculo vicioso que corre el
riesgo de extenderse otros diez años.
Pagamos un costo histórico por el sentido equívoco con el que se encaró
la regulación de los partidos en la década pasada, con laxitud para el financiamiento
privado y los modelos de democracia interna, resistencia al financiamiento
público y apertura al ingreso de formaciones independientes, regionales y
locales. Si se quiso para el Perú, siguiendo la clasificación de Giovanni
Sartori, un sistema de partidos de pluralismo moderado, se consiguió en un
primer momento uno atomizado y ahora un sistema que ha dejado de ser tal.
Esa política ya fue y es tarde para el pasado. Las nuevas formas de
identidad social y política ya están aquí. Hay más líderes fuera de los
partidos que dentro de ellos y más “partidos” que no lo son pero que operan
como si lo fuesen, con programas y liderazgos propios, y formas también propias
de movilización. Llamar al partido mediático, empresarial o digital, por citar
algunos ejemplos, con el rótulo cerrado de “poderes fácticos” es una verdad
incompleta.
El reemplazo de la antipolítica por la política es un desafío serio. El
país tiene un nuevo relato social del que deben hacerse cargo las nuevas y
viejas formaciones. El retorno de la política es una necesidad impostergable
que cada sacudón nos recuerda. El de ahora es crucial porque nunca tuvimos
elecciones junto a un estallido vasto de corrupción. Así, es probable que la
política retorne en otros cuerpos, a través de movimientos sociopolíticos que
con distinto signo impactan América Latina, o nuevos liderazgos con menos
militancia, en contra de militancias tradicionales sin liderazgos.











