El año de las coaliciones

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La República
La mitadmasuno
4 de enero de 2019
Juan De la Puente
El año 2019 será el
de las coaliciones. El resultado del referéndum
del 9 de diciembre licuó la polarización entre el Gobierno y el Congreso,
estableciendo una nueva mayoría política que legitimó al presidente Martín Vizcarra. Al mismo tiempo, rebajó a
mínimos la fuerza de los partidos como actores públicos –reduciéndolos casi
exclusivamente al ámbito parlamentario– ayudado por el proceso electoral regional
y local que consagró la debilidad de las formaciones partidarias.
Este nuevo momento no
se organiza solo a partir de mayoría y minoría, sino a través de coaliciones de
las que emergerán las apuestas del 2021, en las que los liderazgos se vuelcan a
la sociedad en busca de mayor legitimación. El fin de la polarización no es el
fin de la confrontación, como que no es seguro que las coaliciones impidan la
fragmentación. El Congreso y las otras instituciones del sistema se han
integrado a la etapa de cambios como sujetos u objetos, una interesante
politización que enriquecerá el escenario. 
La más activa es la
coalición reformista, que ha puesto en marcha el Gobierno y el presidente
Vizcarra, con un apoyo parlamentario –y dos bancadas parlamentarias y media o,
si se quiere, tres–, otro en los nuevos gobiernos regionales y locales, y uno
más en los medios que han respaldado tanto la política del Gobierno en el
referéndum como su propuesta ante la crisis del Ministerio Público.
En esta coalición, la
de mayor respaldo en la sociedad, la novedad es la bancada liberal porque más
allá del número de sus integrantes expresa una apuesta por una identidad
maltratada los últimos 25 años por la derecha económica, al punto que las
críticas más duras contra el nuevo grupo parlamentario provienen de ese sector
hortelano, que ni son liberales ni dejan que otros lo sean.
La segunda es la
coalición de la resistencia, ahora claramente dirigida por el Apra y obviamente
por Alan García, a
la que se adscriben varios grupos o humores conservadores y algunos espacios
claves del Estado. Al romperse o agrietarse la alianza entre Fuerza Popular y
el Apra, la derecha sin partido, que no es poca cosa en el país, se siente
liberada de su apoyo al fujimorismo y coincide principalmente con las tesis
apristas respecto a la reforma política y judicial. No es predecible el destino
de esta coalición, desde el respaldo a un
Bolsonaro
–¿ya es muy tarde para que aparezca?– hasta la reincidencia en
el apoyo a García como el año 2006. El reclamo por una identidad claramente
derechista es creciente en el país y recorre los restos de lo que fue la centro
derecha peruana.
La tercera es la
coalición constituyente, con escaso peso en la elite nacional, pero con una
fuerte vigencia en los movimientos sociales organizados y en las regiones,
liderados por Verónika Mendoza, Marco
Arana y varios líderes y autoridades regionales. Esta coalición simpatiza con
Vizcarra y respalda su política contra la corrupción, pero su programa es otro;
no se agota en una nueva Constitución o en una Asamblea Constituyente sino en
un programa todavía difuso, en donde caben las políticas ambientales y de
género, pero también el viejo descentralismo.
En este cuadro, el
fujimorismo aparece como el más damnificado. Ha pasado de tener una mayoría
autosuficiente en el Congreso y de manejar una política de alianzas con
partidos y gremios empresariales, a un aislamiento riguroso. Fuerza Popular
sigue teniendo la mayoría en el Congreso, pero esa mayoría está fuertemente
condicionada por el resultado del 9 de diciembre, el precario (des)equilibrio
interno y la situación judicial de Keiko Fujimori. De algún modo, Fuerza Popular está presa de su propia
mayoría, con una escasa capacidad de movimiento.

Lo nuevo es que estas
coaliciones actúan de cara a la opinión pública, el gran elector que les ha
expropiado a los políticos su capacidad decisoria el 9 de diciembre. En esa dinámica los giros
bruscos son moneda corriente, las rectificaciones y por supuesto las
traiciones, una sucesión de pequeños dramas y comedias bajo el signo de una
etapa en la que el cambio es un parto doloroso.