El legislador Vizcarra

“Si la democracia acepta y premia a vicepresidentes conspiradores, la presidencia no valdrá dos centavos”

La postulación del ex presidente Martín Vizcarra al Congreso es buena para él, pero no encuentro razones para creer que sea buena para el país y para la democracia. En el balance, la conclusión es que hará uso de la inmunidad parlamentaria para defenderse de las acusaciones en su contra y que no podrá, así lo intentara, cambiar drásticamente el curso de la política nacional como lo ha prometido.

Entiendo a quienes respaldan a Vizcarra y el paso que ha dado. Creen en su liderazgo y que impulsará la reforma política desde el Congreso. Su adhesión se sustenta en el desempeño de Vizcarra contra la trama corrupta de los Cuellos Blancos, el impulso del referéndum de 2018 y la disolución del Congreso del 30 de setiembre de 2019.

Vizcarra estuvo en lo correcto en las cuestiones de fondo en el período 2018-2020 y en ese punto será justo que la historia se lo reconozca. No obstante, su desempeño ha dejado claro que lo suyo no es la reforma y que su identidad no es la de un líder que encabece una revolución democrática, que es el sentido inicial de las jornadas contra el golpe del 9 de noviembre.

En sus 30 meses de gobierno, Vizcarra fue sobre todo audaz; hizo gala de un instinto de sobrevivencia y en esa lucha se encontró con un país que buscaba un líder contra la corrupción y la crisis de las instituciones. Sobrevivió él y derrotó a sus adversarios, aunque no los derrotó tanto y perdió la mayoría de goles cantados.

Si respaldaba la bicameralidad, el Perú se prepararía estos meses para elegir un Legislativo coherente y estable; si presentaba una lista propia para las elecciones del 26 de enero, no lo habrían vacado; si concretaba en su momento de gloria (marzo-junio de 2020) un Nuevo Acuerdo Nacional, sería el padre de un pacto para el futuro pospandemia, rayando la cancha de las elecciones del 2021; si no se reunía casi a escondidas con los movimientos sociales, habría labrado una alianza duradera con la sociedad civil; y si resistía la vacancia, en este momento no estaríamos en el carril de sucesivos amagos de nuevos golpes.

A todo esto se agregan dos cuestiones democráticas: el maltrato que hizo a la institución de la presidencia, reduciendo su espacio y calidad (véase el caso Swing, por ejemplo), y su participación en la conspiración contra el presidente Kuczynski. Si la democracia acepta y premia a vicepresidentes conspiradores, la presidencia no valdrá dos centavos.

Finalmente, es justo que un presidente intente una reivindicación como lo hicieron Belaunde, García y ahora mismo Humala. Aquella no pasa por una candidatura parlamentaria que, si tiene arrastre, podría no llevar al Parlamento los hombres de Estado que demanda el futuro.

En la historia del Perú, nueve presidentes se colocaron en el Parlamento luego de su presidencia (de la Riva-Agüero, La Mar, Gutierrez, Castilla, Echenique, Prado, Pardo, Cáceres y Candamo), principalmente para recuperar el poder. Salvo uno, Candamo, su actividad parlamentaria trajo más división.

Es difícil ser presidente y más difícil aún ser ex presidente. No creo que el ex presidente encarne el futuro. No hay vizcarrismo, sino una ilusión vizcarrista.

Otrosí digo. Con esta columna me despido de La República. Luego de algunas semanas de descanso, en enero emprenderé otros desafíos profesionales. Si alguien pregunta, no seré candidato. Es una despedida sentida y conversada con el diario desde hace algún tiempo. Al dejar esta entrañable casa luego de casi 30 años solo tengo palabras de reconocimiento a su historia y a la permanente tolerancia y generosidad de su director Gustavo Mohme Seminario y de mis compañeros del Consejo Editorial. Un eterno agradecimiento a mis antiguos y nuevos colegas de un diario íntegro que suele nadar contra la corriente, un grupo de periodistas libres de un diario libre. Aywalla.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here