LAS GUERRAS INTERNAS

La batalla global contra el coronavirus ha producido una primera respuesta de los estados y sus líderes, las que se podrían clasificar en dos: adaptación a la emergencia y resistencia a ella. No obstante, el balance de las medidas será más complejo porque el examen será más exhaustivo, para esclarecer qué gobiernos reaccionaron a tiempo, qué bienes públicos priorizaron (salud o economía, por ejemplo), si gestionaron mejor la parte “médica” de la pandemia, compensaron a los más vulnerables, o ayudaron a las personas y a las empresas, entre otros indicadores.

El debate mundial sobre la gestión de la pandemia cambiará radicalmente la idea del buen gobierno para situarla en el plano social por muchos años, culminando la migración de las prioridades institucionalistas que se había iniciado con la crisis financiera del año 2008. La prestigiosa economista Mariana Mazzucato alertaba hace días en un artículo (La triple crisis del capitalismo) que esta vez no sucederá lo de aquel año, cuando las autoridades inundaron el mundo de liquidez sin dirigirla hacia buenas oportunidades de inversión, lo que llevó a que el dinero fluya de nuevo hacia un sector financiero que fue y sigue siendo incapaz de cumplir su función.

Aun sin demasiados contenidos -la crisis los proveerá a montones- los dirigentes se diferencian ya en tres tipos de liderazgos: proactivos, críticos colaborativos y críticos disolventes. Cada postura ante la crisis ya se procura sus agendas, algunas más estrambóticas que radicales, pero con audiencia en el contexto de la reorganización del escenario de debates y adopción de políticas.

En el Perú, la batalla por la disposición de los aportes a las AFP se realiza desde la óptica pre-coronavirus, es decir, con coaliciones distributivas que pugnan por defender intereses y reglas disueltas por la crisis, aunque asoma la idea de una reforma integral. Es extraño en este punto que las fuerzas mayoritarias en el Congreso no impulsen un pacto con el Ejecutivo para un cambio rápido en las reglas de juego de las AFP y se enfrasquen en una épica populista improductiva. Se parece a la campaña de hace 20 años contra “la maldita SUNAT” que se consumió sin lograr siquiera una tímida reforma tributaria.

Es cierto que la batalla contra la pandemia tiene el cariz de una guerra, pero solo en lo que corresponde a la tensión de fuerzas y recursos y a la movilización de la sociedad. En el resto del escenario, las batallas son más recurrentes en el campo de la sociedad donde el “enemigo invisible” ha dinamitado áreas sensibles y revelado debilidades. Esa es la previsión del teórico Alain Touraine que hace días pronosticó que el mundo ingresa a un nuevo tipo sociedad, una sociedad de servicios, de servicios entre humanos que impulse el reconocimiento de los “cuidadores”, es decir, de quienes ayudan de modo directo e íntimo a las personas.

En un momento de inevitables guerras intestinas, el liderazgo crítico disolvente tendrá dificultades para construirse un lugar en las sociedades si persiste en enarbolar una agenda retaceada -ahora las AFP, mañana los sueldos públicos- en tanto que el liderazgo proactivo, ahora en alza, puede encontrar sus límites si propone la atención de la emergencia sin atreverse a aprovechar el momento para cambios de fondo con efecto inmediato.

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