Nuevos riesgos en la crisis – La mitad más uno

1.- El riesgo de una salida desordenada de la cuarentena se ha concretado. En la nueva situación, es concurrente la correlación entre la pandemia persistente y reactivación; es hegemónico el discurso de reapertura más rápida de la economía, que sobrepasa al discurso de los costos sociales. En este punto, la pandemia es cada vez menos un espacio de disputa, de modo que el nuevo “rayado de cancha” se realiza de facto, sin acuerdo y sin pacto. El resultado será –ya lo es con la batalla del oxígeno y de las pruebas en las clínicas– un embalse de demandas y potenciales conflictos.

2.- La crisis está dejando poco Estado. En los primeros microciclos de la emergencia, el Estado fue el referente absoluto. Hizo sentir la autoridad como atributo de la ley y su capacidad compensatoria. Una parte de esa estructura ha caído; podríamos discutir qué partes y la intensidad de la caída, aunque es inocultable que se deterioraron varias estructuras en sectores y territorios (regulación, fiscalización, administración penitenciaria, municipios, educación pública). La economía se abre con más facilidad que el Estado, un escenario que expone la tolerancia de la sociedad, su desborde pacífico y resiliencia. Aun así, existe un riesgo de orden público que debería ser abordado con responsabilidad para evitar la irrupción de un momento de nadie.

3.- Todavía tenemos más deconstrucción que construcción. Es cierto que los datos de la economía previos a la crisis nos permiten una mejor perspectiva que otros países. No obstante, luego de la salida real de la cuarentena, el siguiente riesgo es una reactivación en falso, intuitiva y tradicional, que no pase del crédito, la desregulación y las medidas fiscales. Pensar desde las crisis precedentes podría impedir que se acometan políticas urgentes como la transferencia directa y permanente de recursos a la población vulnerable o que la cobertura de ella sea insuficiente. Experimentamos un desbalance de 5 a 1 en la relación entre las medidas de reactivación y de protección social. Se hace, me consta, pero la demanda es descomunal.

4.- Quienes han salido a trabajar no regresarán al aislamiento. Bajo el principio de realidad, lo que se haga en materia de salud pública será bajo esa certeza. La reciente encuesta de IPE/La República da cuenta de un cambio notable: los peruanos le temen más al contagio que al hambre, y a pesar del miedo más personas vuelven a la cancha (ya anotamos antes que en nuestro país, el miedo y el riesgo no son correlativos) de modo que es sensato lo que hace el Estado contra el tiempo, una batalla épica por ampliar el número de camas y de UCI. Los costos serán altos: si a fines de abril alguien afirmaba que llegaríamos a junio con más de 170 mil contagios habría sido tachado de alarmista o loco.

5.- La deliberación parece haberse detenido, y no porque no se debata o cuestione. Podía entenderse que en los inicios de la pandemia se reclame más unidad que disidencia, pero ante una agenda plural y vistos los resultados, no se puede exigir un pensamiento único, sin crítica y sin oposición. Con cargo a profundizar, y contra lo que se vierte profusamente, en este nuevo momento se necesitan más instituciones, Congreso, Poder Judicial, Defensoría, fiscalía, Contraloría, superintendencias y reguladoras, y más sociedad civil participando.

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