Médicos iguales y grupos de poder – La mitad más uno

La discusión pública sobre dos temas de la agenda, la igualdad de los médicos y los grupos de poder, no debería perderse a causa de la estridencia. En el primer caso, la actitud destemplada de la directiva del Colegio Médico Peruano impide fijarse en la seriedad con la que debe tratarse a la primera línea de atención a la pandemia.

Si en cualquier colegio profesional (abogados, sociólogos, economistas, por ejemplo) se intentara sancionar a un integrante por afirmar que “todos somos iguales”, la reacción sería de estupor, y quizás sugieran sancionar a quien afirme lo contrario, porque desde la Revolución Francesa se asume el principio de la igualdad natural de las personas como garantía civilizatoria. No obstante, debe reconocerse que el principio de la desigualad natural tiene más de 5 mil años de historia, de modo que 230 años parecen no ser suficientes para algunos.

Pero, si se pregunta sobre la relación entre la igualdad y la ponderación de las necesidades, la discusión se enriquece porque carece de sentido el reconocimiento formal de la igualdad sin medidas que lo garanticen en atención al criterio de vulnerabilidad. La ponderación de los derechos es un aporte invaluable del neoconstitucionalismo plasmado en constituciones y una vasta jurisprudencia.

Así lo ha recordado la Corte Interamericana de DDHH (CIDH) en su resolución del 10 de abril pasado (Resolución Nº 1/2020, Pandemia y Derechos Humanos en las Américas) que asume el principio del “enfoque diferenciado” para los sectores vulnerables, y llama a los estados a proteger adecuadamente del contagio a las personas que continúen laborando (punto Nº 5) y garantizar la protección de los derechos del personal de salud y asegurar la disponibilidad y provisión oportuna de material de bioseguridad, insumos y suplementos médicos esenciales (punto Nº 10).

Es justa la atención especial al personal de salud en la pandemia, pero el engreimiento deontológico de la directiva de los médicos impide un acuerdo porque sitúa el problema en el campo de la desigualdad. Es inaudito que sean directivos médicos –es pero que ninguno sea especialista en salud mental– quienes recurran al berrinche de “que pida disculpas para conversar”, a pesar de la urgencia de reforzar los protocolos en favor del personal de salud, una deuda que el MINSA no puede eludir.

Sobre los grupos de poder, mencionados en un video de Aprendo en Casa del MINEDU, se ha sugerido suprimirlo, lo que sucede generalmente en el Perú, prohibir lo que no se entiende. Cuesta creer que el poder, el principal tema de la relación entre el Estado y la sociedad, sea anatemizado como perturbador. La idea de que “no existe lo que no quiero ver o entender” fue superada hace 240 años desde el idealismo (no fue un aporte del marxismo), desde que Immanuel Kant señalase que la realidad existe fuera de nuestros sentidos (la cosa en sí).

El poder, la forma de acceder a él, y la pugna por ejercer el poder o influir en él ocupa a la humanidad más que nunca. Los grupos de poder, alrededor del poder, detentadores del poder o excluidos de él, mueven la historia y los derechos. Sin esa premisa no se habrían fundado en el Perú las tradiciones políticas del siglo XX, el socialismo, aprismo, socialcristianismo y liberalismo. No hay nada maligno en reconocer que existen los grupos de poder. Lo maligno es negarlo.

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