Nueva promesa poscuarentena – La mitas más uno.

El estado de emergencia del 15/3 fue una decisión legal y sanitaria. En lo político, fue una promesa, una propuesta de acción colectiva y nacional del Estado y la sociedad que implicaba obligaciones mutuas y tácitas. Nos quedábamos en casa (cuarentena), reducíamos los estragos de la pandemia (mitigación), encarábamos entre todos el trance dramático (unidad nacional) y el Estado disponía medidas de protección a los perjudicados (compensación).

Me encuentro entre quienes creen que esta medida fue acertada, aunque reconozco que son debatibles las postergaciones, especialmente la última. Debió ser un punto de partida, pero fue de llegada. Esa promesa se ha diluido bajo la fuerza de fenómenos ahora incontrolables, como las terribles carencias de los servicios sanitarios, y otras variables que pudieron gobernarse, pero que fueron omitidas, como la extensión de la cobertura de los bonos y su entrega más de una vez en todos los casos.

No podemos enfrentar exitosamente la pandemia sin promesa. Es injusto no reconocer los esfuerzos sectoriales para frenar los efectos de esta mega-crisis, especialmente si en ella se agitan varias crisis que colisionan y crecen. Es también equívoco concluir desde esa constatación que existe una estrategia integral, una narrativa pública y nacional y un horizonte claro.

De la batalla por la agenda pública de mayo sobreviven en junio dos enfoques para la mega-crisis: el oficioso, quizás oficial, postula reabrir la economía a toda costa como receta única, una fórmula que lleva implícita la idea de que todo estaba bien antes de la pandemia y que el virus malogró lo bien que nos iba. El otro es el enfoque de la protección social inmediata, crecientemente marginal, que se bate en retirada al punto que parece subversivo pedir derechos en medio de la pandemia.

Estos relatos, lejos de encontrarse, se distancian y se colocan en línea antagónica; en el microciclo de junio se ha llegado al momento de nadie que temíamos. Estos enfoques no son agenda, es decir, políticas acciones y realizaciones. La pandemia ha licuado los consensos y se abre paso una realidad tan compartida como resignada: cada uno baila con su pañuelo. Si hubiese un consenso sería este: no hay consenso.

Una nueva promesa poscuarentena demanda un giro: agenda, compromisos y confianza, lo que incluye a las personas. Los espacios para elaborar esa promesa se cierran rápidamente. Se diluye la posibilidad de un Nuevo Acuerdo Nacional, el Congreso y el Ejecutivo operan de espaldas, se reduce la capacidad crítica de los medios, se anatemiza la deliberación y se dialoga −lo que es muy bueno− pero sin método.

Sería explicable, aunque no justificable, que tras la cerrazón de espacios y rutas se escondiese una estrategia, es decir, un proyecto que se le imponga al país sin debate e intermediación. No parece ser así, de modo que las crisis que componen el escenario peruano navegan con la fuerza que le imprimen los intereses en juego, sin cooperación, garantes y garantías.

No sabemos si este proceso en el que se imponen los más fuertes le dará certidumbre al país, y si la progresión de contagios y de muertos dejará que eso suceda. Las tendencias no permiten estimar si este curso creará una crisis política, cuándo se originaría esta, y si ello provocará un giro. Habrá factura, cierto; en nueve meses votaremos. El voto es también una batalla, una trinchera, una muralla.

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