PRIMEROS APUNTES DE UNA COYUNTURA CRÍTICA

Se ha dicho que la pandemia cambiará todo. En el Perú, a un mes del inicio de la cuarentena esa afirmación es todavía relativa y la pregunta es, ante todo, en qué dirección irá el cambio.

Para cualquier análisis de lo que sucede en nuestro país, deben considerarse los cambios muy acelerados y el carácter decisivo de fenómenos fuera de control, una dinámica en la que participan indicadores cruzados o no necesariamente alineados, como la salud (casos, muertos, pruebas, hospitalizaciones, recuperados) el declive de la economía, y la tolerancia social al aislamiento y las privaciones.

La estructura de la coyuntura, el gran problema del análisis político, ha cambiado, al igual que la capacidad de los actores para incidir. Menos protagonistas oficiales; irrupción de nuevos actores decisivos en el juego político (las FFAA y los bancos, por ejemplo); una relación de fuerzas signadas por el miedo y la diversidad creciente de mensajes, a diferencia de la narrativa única de los primeros días, impulsan escenarios de corta duración y mutaciones rápidas de la agenda pública.

La velocidad de los procesos es la constante. En la coyuntura marzo-abril se aprecian hasta tres microciclos. Un primer microciclo, entre la segunda y la cuarta semana de marzo (17 días) estuvo marcado por una alta capacidad de acción política del Gobierno, que manejó la agenda sin resistencia debido a un alto consenso de la opinión pública, los poderes del Estado y los medios.

En el segundo microciclo, en la primera y segunda semana de abril (12 días), se mantuvo la capacidad de acción política del Gobierno pero emergió el déficit de legitimidad de algunas regiones y municipios y se redujo el manejo de la agenda por el Ejecutivo, por la controversia sobre la ley del retiro de fondos de las AFP.

El tercer microciclo se ha iniciado y va entre la tercera y cuarta semana de abril, que coincide con el probable fin de la cuarentena (14 días, probablemente). En este período se definirá el escenario del mediano plazo a partir de cinco ejes críticos: 1) la capacidad política del Gobierno y el Estado; 2) la relación entre el Gobierno, las empresas y los trabajadores; 3) el acatamiento del aislamiento y el manejo del orden público; 4) la capacidad ejecutiva del Gobierno y del Estado, que se medirá en la ecuación casos/muertos/hospitalizaciones; y 5) el abastecimiento y la cadena de pagos y de servicios.

El Gobierno tuvo éxito con el discurso en la etapa inicial; construyó una narrativa unitaria frente a la pandemia en base a una primera agenda de punto único, la salud; comunicó acertadamente, controló el desorden inicial en el sector Salud con la designación del ministro Víctor Zamora, movilizó el aislamiento con mucho esfuerzo, aprobó el Bono 380 en tiempo récord para millones de personas y dio la impresión de tener una política para encarar la pandemia. Esta reacción lo fortaleció y elevó el liderazgo del presidente Vizcarra. Fue una respuesta reconocida fuera y dentro del país.

Esta narrativa se diluye; es todavía sostenida por la palabra presidencial que es altamente cotizada en lo político, pero se constata la capacidad intermedia del Gobierno Central en la ejecución de las medidas en Salud, y una capacidad muy baja en la mayoría de regiones; la confusión sobre las pruebas de descarte; y un manejo defensivo en temas que agregan malestar: la ley de AFP, la reducción del alcance y cobertura del Progama Reactiva Perú, la suspensión perfecta y el abandono del agro. Es probable que un estudio de las decenas de decisiones arrojen una tendencia a la baja respecto a su implementación.

Emergen nuevos discursos contra la pandemia desde abajo, de cara al 26 de abril. La narrativa pública se independizó desde inicios de abril y generó una segunda agenda, dual, salud e ingresos, y tomó cuerpo en el desborde del aislamiento y la reaparición de los dilemas clásicos pobres/ ricos, arriba/abajo, empresarios/trabajadores, público/privado, formales/informales, y mano blanda/mano dura.

La narrativa oficial sobrevive porque no existe oposición organizada sino un vacío de liderazgo de los discursos que vienen de la sociedad. No obstante, el Gobierno comunica menos, hay menos frases memorables y en cambio se afirma la verbalización de la guerra que es muy mala para comunicar y gestionar porque pone por delante a los ejércitos, debilita el sentido de la unidad nacional, suprime la deliberación pública y desmoviliza al país. Insistir en ese discurso deforma el papel de las FFAA, la parte más cohesionada en este proceso, cuya capacidad y prestigio crece, junto al sacrificio de la policía

De modo inevitable, la agenda se ha reordenado y ampliado. En la tercera agenda, plural, el 15 de marzo aparece lejano; la pandemia es muy importante, pero ya no es lo único; es el hambre, desempleo, alquileres, créditos vencidos, violencia en los hogares, presos infectados, regiones ineficientes, cobertura de las ayudas sociales, situación de las pymes, las clases escolares suspendidas en el aire, entre otros. Ya veníamos de un período donde el país pedía grandes salidas y la política producía poco.

Millones de personas han dejado de defender en las redes sociales varias medidas del Gobierno aunque persiste el amplio respaldo al presidente; se aplaude menos a las 8 de la noche. La incertidumbre política no es un problema para nosotros, somos hijos de ella y sabemos administrarla y digerirla. El asunto principal es cómo derrotar la pandemia y sus efectos inmediatos en la vida social.

El aislamiento es respaldado por la población, pero asoman cuestiones controversiales que reducen el margen de maniobra del Gobierno. Es prematuro asegurar que exista un “modelo peruano” de lucha contra la pandemia. Luego del cambio de titular del MINSA se advirtió que la estrategia era colocar los planes cerca del modelo seguido por Corea del Sur que se caracteriza por un masivo sistema de pruebas, seguimiento de casos detectados en los domicilios, uso de aplicativos y telemedicina, y un control del traslado de los pacientes a los centros hospitalarios.

Ese objetivo no se ha cumplido especialmente por las debilidades del sistema sanitario, en tanto que los planes parecen dirigirse a un momento delicado: aumentan los casos en medio de la cuarentena y se transforma el objetivo central que no parece ser el aislamiento sino el diagnóstico. La curva no debería estar así en cuarentena, lo que sugiere que si se relaja el aislamiento podrían dispararse los casos. Emergen dos preguntas: ¿cuántos contagios deben producirse para que la curva empiece a declinar? ¿se levantará la cuarentena sin que hayamos llegado al famoso “pico”? En esos puntos parecen existir muchas voces, poca proyección con evidencias y confusión.

La respuesta social y económica presenta también dificultades; los primeros trancos largos (300 millones a las pymes, Bono 380, canastas municipales, 30 mil millones para el salvataje, 35% de subsidio a los salarios bajos) tienen problemas de ejecución o de cobertura, o son insuficientes. Y en este punto, el Gobierno ha presentado el flanco más vulnerable en lo político, la adopción de decisiones al hilo de las demandas empresariales. El MEF intenta jugar el juego 2001-2016, separando la ortodoxia económica y la heterodoxia social, economía sin política, aferrándose a la focalización.

No obstante, a diferencia de otros países, el presidente Vizcarra es un activo en esta crisis. De su gobierno depende reconstruir una narrativa oficial y pública y hacer suya toda la nueva agenda plural, a medio camino entre la pandemia y la poscuarentena y comunicarlo, para mejorar su capacidad de acción política y la ejecución de las medidas, especialmente sanitarias y de protección social. Muchos más peruanos y empresas deben ser ayudados en las próximas semanas y necesitan tener la seguridad de que así será. Dos recientes anuncios son muy auspiciosos, el Bono Rural de 760 soles y el llamado a un diálogo nacional para un acuerdo.

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