Tú, que no querías reelección

“Los independientes en política que conocimos desde 1990 no se podrán comparar a los que están por entrar a la cancha. Tú, que no querías la reelección, verás…”.

En el inicio del proceso que conduce a las elecciones de 2021 se aprecian claves muy distintas a las que se registraron en las elecciones de 2016. Son por lo menos cuatro: la despolarización relativa; el ultraindependentismo; la fragmentación al interior de la derecha, en sus grupos con cierto volumen de votos; y la contrapolítica como forma de campaña.

En los inicios del proceso se aprecia una baja polarización. El antifujimorismo ha cedido -explicable por el 7% de la intención de voto- al igual que otros “anti”, contra Urresti, vigente en la campaña electoral de Lima el 2018, y contra Verónika Mendoza, el otro anti del año 2016. Esta despolarización no se debe a que nos encontramos a seis meses de las elecciones (en los comicios anteriores el anti-Keiko fue temprano), sino a la desmovilización de los electores y a las dificultades que confrontan los grupos políticos para tener en orden sus postulaciones.

Una razón añadida es la falta de extremos creíbles. La última encuesta de Ipsos indica que el centro recaba 40% de la intención de voto, la derecha poco más del 20%, y el resto se distribuye entre la izquierda, los que no quieren a ninguno y los que no contestan. Estas cuotas electorales previas no permiten, por ejemplo, una polarización contra un candidato centrista; si no crece alguno de los extremos, será difícil reconstruir un voluminoso “anti”. Las polarizaciones contra el centro son muy difíciles.

Al concluir el fichaje electoral, el cuadro electoral presenta un páramo en el que emergen rostros en la mayoría de casos sin conexión con los grupos -la camiseta- desde donde competirán. El pequeño número de seguidores no permite, inclusive, el uso de la palabra “equipo”, sino otra como “corte”.

Este ultraindependentismo ya presenta sus reglas: los candidatos al Congreso serán también ultraindependientes y aterrizarán en el Congreso porque invertirán más dinero que otros. Los independientes en política que conocimos desde 1990 no se podrán comparar a los que están por entrar a la cancha. Tú, que no querías la reelección, verás ahora sus efectos.

La fragmentación en el momento inicial no cambiará mucho en los próximos meses. Con cuatro candidaturas de derecha, por lo menos, otras tres de izquierda y otras tres o cuatro de centro, esta elección aparece como la de trámite más abierto. No obstante, habría que cuidarse del uso de la palabra “volátil”. Los electores peruanos han desarrollado una cultura electoral tan pragmática como racional, empoderando opciones que, aunque no arrasen, pueden mantener el equilibrio entre la regla de la continuidad y la regla de la novedad, como fueron las elecciones desde el año 2001. Sin vuelcos espectaculares, si hay traslados de votos, serán dentro de cada espacio.

El escenario en formación no permitirá una gran movilización de ideas, pero sí de dinero. Los plazos electorales son estrechos y la política como forma de negación y confrontación, y la resistencia al uso de algún acuerdo para encarar alguna controversia de fondo, predominará en la campaña. La contrapolítica, como renuncia colectiva de una representación ordenada y propositiva, será el “contenido”, si cabe el término. Ahora mismo ya se tienen candidatos que compran portadas de diarios con un mensaje idéntico y otros que tienen como plan prioritario de campaña una miríada de cuentas falsas, trolls y fake news.

La intensidad de estas nuevas claves podrían reducirse; ello depende de los organismos electorales, sobre todo de la ONPE y el JNE (ojalá reemplace el Pacto Ético con una iniciativa más dinámica), y especialmente de la sociedad que podría imponerle a la política compromisos para mejorar las listas parlamentarias y llevar adelante una campaña con más calidad.

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