Corrupción y delito en la agenda

La mitadmasuno
La República
Sábado 1 de mayo del 2010
http://www.larepublica.pe/la-mitadmasuno/01/05/2010/corrupcion-y-delito-en-la-agenda
Por Juan De la Puente
La agenda pública de las elecciones del 2011 estuvo marcada por dos palabras: transición democrática. La de los comicios del 2006 por otros dos vocablos: crecimiento y distribución. Es muy probable que las elecciones del 2011 sean presididas por otros dos, corrupción e inseguridad, a tenor de lo que reportan las últimas encuestas.
La nueva agenda es insospechada, a pesar de tratarse de endémicos males nacionales y de los fracasos de las iniciativas impulsadas en ambos casos en la última década. Hace pocos meses, con la economía en perspectiva de recuperación, la tendencia indicaba que de cara a la elección de un nuevo gobierno, los peruanos debatiríamos mucho más los desafíos de la distribución del crecimiento, la creación de más fuentes de trabajo y la naturaleza de los conflictos sociales. Se creía que la gobernabilidad dependía de ello y las encuestas también los anunciaban.
El cambio de agenda no parece ser exclusivamente mediático o debido al agotamiento de un patrón de crecimiento sin Estado, como afirman ciertos análisis. Hace algunos años, el profesor Saúl Peña en su célebre Psicoanálisis de la corrupción (Peisa, Lima 2003), lo diagnosticaba magistralmente como una cultura que da lugar a una patología de “lazo social”, una hipótesis audaz que señala que si la corrupción es pequeña o grande o que si las mafias son más o menos articuladas, es menos relevante que su dimensión colectiva destructiva, resultados de un poder y una política históricamente mal concebidos. En esa perspectiva, la corrupción implica no solo la apropiación material sino también de personas y grupos humanos con quehacer social o político, y su retorno a la agenda aparece como el grito de una sociedad que intenta una ética pública. Algo similar sucede con la sensación ciudadana sobre que el delito común crece con rapidez. Si esta percepción es contestada exclusivamente con medidas legales o si es explicada solo desde la perspectiva del crecimiento económico, perderíamos la oportunidad de afirmar los valores ciudadanos contrarios al delito. La falta de censura social a delitos de práctica masiva como el narcotráfico y la extorsión, por ejemplo, debería preocuparnos más que el delito mismo.
Quizás en ese punto habría que concluir que, en ambos casos, los partidos que protagonizarán las elecciones del próximo año no se encuentran preparados para la complejidad de esta agenda, de modo que corre el riesgo de reproducirse el ciclo de insatisfacción.

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